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Revista del Foro 106





          Lo peor es que, como todo mito, elimina cualquier matiz sobre la personalidad del Rey,
          impidiéndonos conocerle. No cabe duda que fue un mal rey, probablemente el peor de
          toda su dinastía en España, aunque muchos de los que vinieron después de él no fueran

          mejores (…) Carlos II no sólo tuvo la desgracia de ser el último de los monarcas de su
          dinastía, sino también la de vivir en el período posterior a la derrota y la pérdida de la
          hegemonía internacional de su monarquía”. Para Ribot Carlos II “fue más trabajador de
          lo que siempre se ha dicho y mantuvo sólidamente las riendas del Gobierno en Nápoles,
          Sicilia y Milán [y las Indias] gracias a una amplia serie de virreyes y gobernadores

          generales  cuya  capacidad  política  nada  tenía  que  envidiar  a  la  de  los  grandes
          personajes de tiempos anteriores”.


          Para los fines del presente trabajo, destacamos dos personajes vinculados al reinado de

          Carlos II y la tragedia del “San José”, los virreyes  D. Melchor de Portocarrero Lasso de la
          Vega, tercer conde de la Monclova (1620 – 1705) y su sucesor,  D. Manuel de Sentmenat –
          Oms de Santa Pau y de Lanuza, marqués de Castelldosríus (1651 – 1710).


          Melchor de Portocarrero Lasso de la Vega, tercer conde de la Monclova nació en Madrid
          en 1620.  Militar de carrera, participó en la guerra de los Treinta Años (1618 – 1648). En la
          batalla de las Dunas de Dunkerque (14 de junio de 1658) – que enfrentó al ejército anglo-

          francés del vizconde de Turenne, contra el español conducido por Juan José de Austria y Luis
          II de Condé – perdió un brazo, siendo rehabilitado con una prótesis de plata. Por sus méritos
          militares  fue  designado  gentilhombre  de  cámara  del  Rey,  comendador  de  la  Orden  de

          Alcántara y miembro del Consejo de Guerra, etc. En 1686 fue nombrado virrey de México y,
          posteriormente, del Perú. Durante los dieciséis años de su gobierno (1689 – 1705), el conde
          de la Monclova demostró ser un hábil negociador frente a los taimados cargadores limeños,
          resolviendo satisfactoriamente para la Corona la controversia de los asientos de 1662 y 1664,
          que  había  heredado  de  su  antecesor,  D.  Melchor  de  Navarra  y  Rocafull  Martínez  de

          Arroytia y Vique, duque consorte de la Palata (1626 – 1691). Este triunfo político le
          permitió mantener viva la Feria de Portobelo, asegurándose que en ella participaran los
          peruanos, que habían establecido su propio circuito comercial que excluía expresamente

          Tierra Firme. Además de la organización de la última Feria de Portobelo del siglo XVII
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