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Revista del Foro 106



          interamericano ilícito. Así, la llegada de las flotas era un problema para los cargadores
          indianos.  América ya se abastecía de mercancías manufacturadas fuera del circuito de los
          puertos oficiales del sistema de flotas y las economías principales de la región – las de los

          Virreinatos del Perú y el de la Nueva España –  generaban excedentes de exportación para
          toda la región. En el caso peruano el poder económico de la élite comercial limeña llegó a su
          zénit a mediados del siglo XVII, a  tal punto que su gremio, el Tribunal del Consulado de
          Lima, suscribió con el virrey Diego IV de Benavides y de la Cueva (1607 – 1666), entre
          1662 y 1664, “Varios asientos que finalmente colocaron en manos del Consulado de
          Lima la administración de la avería del Mar del Norte, la avería del Mar del Sur y la
          administración de los almojarifazgos, alcabalas y Unión de Armas (las averías, por un
          tiempo de diez armadas y las demás contribuciones por diez años) (…) El comercio de

          Lima debía pagar en cada armada 350 mil ducados de avería en el Mar del Norte,
          102,500 pesos de avería en el Mar del Sur y 127 mil pesos anuales por concepto de los
          demás impuestos. A esto habría que agregar que el Consulado, “Graciosamente”, se
          comprometió a aportar 60 mil   pesos más en cada armada y prestar 150 mil pesos
          anuales”. La razón de aceptar este compromiso económico fue de orden práctico: los
          cargadores limeños se sentían en la capacidad de afrontarlos, valía la pena pagar a la Corona
          por hacerse del control de la mayor parte de sus ingresos fiscales.  Además del beneficio
          económico, los cargadores limeños también buscaban reconocimiento político y social.

          Asumir indirectamente la administración del tesoro real era la oportunidad de “Dirigirse al
          rey de la España Católica para convencerlo de que en Lima estaba el nervio central de
          la lealtad y la riqueza del reino y que el monarca solo debía llenarlos de honor, al mismo
          tiempo de darles los oficios de Indias”.


          Consciente  del  efecto  erosivo  de  las  reivindicaciones  indianas  en  la  doctrina  de  la
          Monarquía Universal y el Imperio, la Corona  inició en el último tercio del siglo XVII “Un
          tibio programa de reformas cuya intención era centralizar el poder y disciplinar a las
          Indias”. Así, el académico de la Real Academia de la Historia (RAH) Luis Ribot dice que
          se ha exagerado la idea de  la decadencia española, que suele representarse en la figura del
          último de los Austrias, el rey Carlos II. Según Ribot, “El mito del Hechizado es injusto,
          pues se basa en unos hechos muy concretos de finales del reinado, propios, además, de

          una cultura que creía ampliamente en tales supercherías.



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